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Metí
las maletas dentro de la que sería mi nueva casa, mi despeje, el
olvido de todo lo relacionado con la música y la interpretación.
Estaba
segura de dar este enorme paso. Una nueva vida, que por un tiempo,
serviría para quitarme todo de encima, sé que podría haber echo
esto antes, pero me encontraba a gusto tal y como estaba. Una vez que
mi madre no superó el cáncer que estaba sufriendo, fue cuando me
hundí.
Ella
siempre había estado conmigo, dándome todo el cariño que
necesitaba. Sus opiniones buenas sobre la música, y un poco más
duras sobre la interpretación.
Me
hubiera gustado que hubiera pasado más años conmigo. Solo fueron
dieciocho. Por lo que se ve, todos suelen tener a sus madres con
ellos en lo que maduran, se casan, forman una familia... Pero a mi ni
siquiera me vio madurar, lo hice cuando se fue de mi vida.
Me
tuvo con diecinueve años, por eso mismo me ha estado cuidando
siempre, para que lo pudiera cometer el mismo error que ella.
Aunque
siempre me solía decir que yo no había sido un error, si no todo lo
contrario, una supuesta ''bendición'' que Dios le brindó.
Ella
era muy creyente, en cambio yo, era atea, cosa que no le agradaba
demasiado, pero siempre respetaba mis gustos y opiniones.
Dejé
las maletas en la entrada.
Arrastré
lentamente mis pies hasta, el que supuse, que sería el salón.
Una
gran chimenea adornaba la estancia, las paredes pintadas de beige
hacían juego con las cortinas, de un blanco desgastado.
Pero
en una mirada, hubo algo que acaparó totalmente toda mi atención.
Justo
al lado de la ventana yacía un hermoso piano negro.
Mis
pies se dirigieron solos hacia el prestigioso piano, sin poder
evitarlo, pasé suavemente mis dedos sobre las teclas de este.
Cerré
los ojos, fundiéndome con las notas a medida que caían sobre mis
oídos. Aquello era puro placer para mi persona. Sin quererlo, la
melodía que escuchaba tocar a mamá mientras yo supuestamente iba a
clases de ''idiomas'' comenzó a ser tocada por mis dedos. Recuerdo
que ella comenzaba a tocarla, cuando yo me ''iba'' por la entrada
principal a clases de idiomas. Pero después, volvía a entrar por la
enorme puerta trasera, eso hacía todas las tardes. Desde pequeña
fui muy traviesa, quizás, demasiado, no quería acatar órdenes,
siempre hacía lo que yo quería.
Después
de aquellos nostálgicos recuerdos, sonreí inconscientemente, la
extrañaba tanto...
Otro
recuerdo inundó mi mente.
Cuando
empecé en la música, cuando comencé a salir en toda clase de
revistas, y todo tipo de programas de televisión, y páginas webs.
Todo comenzó a ser tan diferente... Pero ella siempre estuvo ahí
para apoyarme.
Jamás
dejé mis tonterías de lado, nunca.
Y
de ahí el nombre de mis fans, mis queridas Craziers.
Dejé
el piano. No lo pensaba volver a tocar, había venido aquí
precisamente para desviarme de la música, y tener un piano no
ayudaba demasiado.
Me
dirigí al que sería el aseo. Era grande, espacioso, tal y como me
gustaba.
Saqué
el forro blanco y celeste donde guardaba mis lentillas, de color azul
apagado, las usaría mientras mi estancia aquí en Atlanta.
Las
puse con molestia sobre mis ojos mieles.
Perfecto.
Me
miré, estaba muy diferente, ni siquiera parecía yo misma, hasta
ahora no había caído en cuenta de lo importante que era el color de
la mirada.
Aquí
comenzaría la vida de ______ Crowford, y _______ Hudson
desaparecería por un tiempo.
Quería
salir, despejarme un poco más, pero estaba sola y no conocía nada
de este sitio.
A
hacer amiguitos, que bien. Aplaudí mentalmente ante la ironía
de mi desquiciada mente.
Recogí
mi pelo en una cola alta y salí de mi nueva casa.
El
barrio era inmenso, las casas blancas y gigantescas, con enormes
cristaleras en todas ellas.
Anduve
un poco, hasta llegar a encontrarme en un inmenso parque, lleno de
altos árboles, con farolas pintadas de verde oscuro, que cuando
llegara la noche, alumbrarían tenuemente el hermoso parque.
Los
bancos estaban tintados de blanco, cerca de estos, papeleras.
Este
sitio estaba de lo más bien cuidado.
- ¡Jazzy, Jaxon! - oí una voz que gritaba aquellos nombres, me resultaba familiar...
Pero
mi miedo era que me descubrieran, que se dieran cuenta del juego que
______ Hudson acababa de comenzar, no, definitivamente nadie podía
saber aquello, ni por mucha confianza que le tuviera.
Oí
pequeños pasos que andaban con rapidez, y sin poder evitarlo más,
me giré. Eran dos pequeños rubios, el chico no tendría más de
cuatro años, y la pequeña, seguramente menos de seis.
Se
quedaron mirándome completamente quietos. No entendía la reacción
de los niños, dudo que supieran quién era yo, ya que las lentillas
me hacían parecer otra persona diferente. ______ Crowford.
Tras
los dos pequeños, apareció un chico alto, rubio, como los dos
niños, o quizás de color un poco más oscuro y desgastado, pero no
demasiado. Me fijé en los ojos del chico... Mieles, grandes y
bonitos. Eran del mismo color que los míos.
¿Justin
Bieber?
En
mi boca, sin si quiera quererlo, se formó una notada ''O''. El chico
se dio cuenta al instante, murmuró algo por lo bajo, pero no me
enteré de lo que decía.
Quizás
él me hubiera tomado por una de sus locas fans, que se pondría a
llorar, gritar, saltar, e incluso, ''correr en círculos'' como
solían hacer sus fans. Pero si pensaba eso, se equivocaba, yo no le
atosigaría.
Le
comprendía, y tanto. Estaba acostumbrada a causar revuelo, por lo
tanto, sabía que su ''fangirleaba'' le molestaría. Aunque de todos
modos, yo no era fan suya, por lo tanto, no tendría porqué
comportarme así. Ya estaba realmente acostumbrada a tratar con gente
famosa. Tanto cantantes como actores y actrices.
- Hola – me saludó, en un leve intento de parecer amable.
Mi
diosa interna comenzó a realizar todo tipo de acrobacias, debido a
que no se había dado cuenta de con quién estaba hablando. Tengo que
admitir que pensé que no sería tan fácil hacer todo esto, pero
bueno, solo acababa de comenzar, podrían descubrirme en cualquier
momento.
Pero,
ahora tal vez si escuchara mi voz... A lo mejor la reconocería.
- Hola – contesté con voz temblorosa, debido a aquel último miedo.
Se
notaba a la legua mi nerviosismo.
- ¿Belieber? - me preguntó.
- Oh, no – contesté de inmediato, a lo que el puso una cara extraña, y yo solo reí levemente ante su gesto.
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